jueves, 21 de agosto de 2008

El manzano


Había una vez un anciano filósofo, llamado Fidón, de ascética moral y santas costumbres, que vivía en una pequeña choza de un apartado pueblo de la Tesalia. El santo varón no tenía en su vida mas que una debilidad, la fruta.

Sus ojos no miraban con deseo a las tiernas y lozanas mozas de pueblo, pero se deleitaban haciéndosele la boca agua cuando pasaban las muchachas con las cestas de tiernos frutos en las manos.

Lindaba con la choza el jardín de un labrador muy rico, el cual, tenía plantado, junto a la valla divisoria, un manzano al que jamas recordaba el anciano haberle visto fruto alguno. Tan solo, en los años de gran bonanza, unos tiernos recuerdos de florecillas que se marchitaban sin llegar a su sabroso final.

Muchas veces contemplaba Fidón el triste y estéril frutal, del cual, el parco labrador ya no se acordaba, pues tenía otros sanos y hermosos en sus campos que le ofrendaban sus frutos rojos y dorados.

Tenían practicada en la valla una puertecilla por la que pasaba la mujer del labrador algunas veces a hacer la limpieza en la choza y el buen filósofo para pasear por el jardín de su vecino.

Enfermó el labrador un invierno y tuvieron que llevarlo a casa de su hermano, cerca de Atenas, con el fin de que recuperara sus menguadas fuerzas, con lo que el jardín quedó huérfano de cuidados y sediento de trabajo pues, los esclavos del labrador, solo recibieron ordenes de cuidar los campos.

Preocupábase Fidón por el estado en que el jardín podría encontrarse en unos meses, si alguien no se hacía cargo de regar sus sedientas tierras y empezó a pasar para trabajarlo, cosa que cada día hacía con mas gusto.

Especial cuidado ponía nuestro hombre en el manzano, al que tenía gran cariño y al que regaba, podaba y mimaba, cual si de su alma solitaria se tratase.

Quizás por los solícitos cuidados, quizás por que la planta consiguiera captar el amor que por ella sentía el filósofo, florecieron sus ramas, enderezándose al sol y sus hojas, antes ajadas y marchitas, se tornaron de un verde luminoso.

Ante esta transformación, acrecentáronse todavía mas los cuidados hacia el árbol, haciendo que de cada una de sus flores surgiera un fruto, rojo, hinchado, cargado de deliciosa pulpa, que resplandecía ante los rayos del sol, incitando al goloso anciano que veía crecer su apetito al tiempo que los frutos maduraban.

Cada día sufría nuestro buen Fidón, la tentación de comer los frutos del árbol y cada día su rígida moral le impedía llevarlo a cabo, pensando que no eran suyas las deliciosas manzanas y que su vecino vendría pronto, con lo que recogería la maravillosa cosecha.

Y pasaron los días, los rojizos frutos tornáronse oscuros, su piel tersa y limpia fue marchitándose poco a poco y podridos y ajados fueron cayendo al suelo, donde sirvieron de presa a pájaros y alimañas.

Con la llegada del otoño, el labrador tornó a su hogar, bajó con cuidado de su carreta, dirigió una mirada a sus campos, saludó superficialmente a su vecino el filósofo y entró en su casa.

miércoles, 20 de agosto de 2008

La carga


Hace ya muchos años, había un pueblecito del interior de Valencia al que todavía no había llegado el agua potable. Este pueblecito tenía a corta distancia una fuente de agua fresca y cristalina.
En este lugar, se reunían las muchachas de muchos pueblos de la comarca y de paso que rellenaban sus cantaros de agua comentaban sus historias y chismorreos sobre los acontecimientos de sus respectivas aldeas. Una tarde cuando ya el sol se ocultaba tras el horizonte y la tarde se carga de esa frescura con aromas de tomillo y jazmines, se reunieron varias muchachas con sus cántaros y una anciana que, puesto que su edad distaba mucho de la de las jóvenes, permanecía apartada sin entrar en las conversaciones, esperando su turno de llenar el cántaro.
-¿Cómo estás Roseta? - Pregunto una linda muchacha a otra no menos linda.

-Muy bien Vicentica. Sabrás que mi familia me ha presentado a un joven de la aldea de XXXXXX y es ciertamente guapo y fuerte. El solo es capaz de levantar, un cántaro de los grandes, lleno de aceite.

-Yo también tengo novedades Roseta, también mis padres han apalabrado mi matrimonio con un hermoso joven de la aldea de BBBBBB. Le conocí el otro día y sus músculos relucían al sol de la mañana haciéndome cerrar los ojos. El también me han dicho que es capaz de levantar un cántaro lleno de aceite.

-Yo estoy segura de que mi amado, por conseguirme sería capaz de llegar a levantar dos cántaros de aceite.

-No lo dudo, también al mío, para demostrarme su amor, le pediré‚ que realice alguna proeza que ponga en juego toda su fuerza y bravura.

-Anciana - Llamó Vicentica - ¿Qué opinas de nuestros amados?. Verdad que tenemos suerte entre las mujeres de contar con futuros esposos tan fuertes y aguerridos.

-Desde luego muchachas, tenéis mucha suerte. Pero yo la tuve mucho mejor que vosotras, pues mi esposo todavía es capaz, después de tantos años, de traerme dos cántaros de aceite si se lo pido.

-¡No es posible anciana!, Debes de tener por lo menos ochenta años y si tu esposo es de tu edad, es imposible que pueda competir con nuestros amados.

-Eso lo podéis comprobar con facilidad muchachas - contestó la anciana - vivo en esa aldea que se ve a poca distancia de aquí, acompañadme y veréis si tengo razón.

Las tres mujeres, emprendieron el camino hacia la aldea de la anciana que no distaba mas de cuatrocientos metros de la fuente.
La casa a la que se dirigieron estaba a la entrada del pueblo. La anciana, cansada a pesar del poco recorrido efectuado, se sentó en un banco que había a la sombra de una imponente higuera.
-Andrés - llamó - sal un momento a conocer a dos buenas amigas pero, por favor, tráeme dos cántaros de aceite, pues quiero regalar uno a cada una de ellas.

Se oyeron unos pasos dentro de la casa y a poco se abrió la puerta saliendo un anciano que con paso vacilante, llevaba un pequeño cántaro en cada una de sus manos.
-Pero - exclamaron las muchachas - esos cántaros son muy pequeños, así es normal que los pueda llevar. ¿Que te demuestra con esa pequeña carga?.

-Él demuestra que me ama - dijo la anciana - pues cumple mis deseos y yo le demuestro que le amo, pues no le pido que lleve mas carga de la que buenamente puede soportar.

Pan y Ekoo


Céfiro, todavía soñoliento, se despertaba haciendo estremecer las hojas de los olivos que se descargaban del rocío nocturno. Los jilgueros y gorriones comenzaban a dar sus primeros vuelos saludando con sus trinos a la bella Aurora.

Detrás de los montes ya se adivinaba el carro de Apolo preparando sus caballos de fuego. Los primeros rayos de sus crines de oro iluminaban los picos de las lejanas cimas. Un limpio manantial, refugio de ninfas y amorcillos corría serpenteando entre quebradas y riscos.

En unas zarzas de agudos espinos, que no bastaban para traspasar su correosa piel, dormitaba Pan, el caprino semidiós adorador de ninfas, amante infatigable, perseguidor constante del amor y del placer.

Unos balidos despertaron al diosecillo que se escondió presuroso entre las hojas de la espinosa planta para ver, sin ser visto, al mortal que acompañaba al rebaño.

A poco, por el camino apareció un pequeño rebaño de cabras y ovejas conducido por una niña de apenas quince años.

Los animales, oliendo el agua, apresuraron su paso hacia el pequeño manantial que nacía cerca de los zarzales refugio de Pan.

La niña, dejó a los animales que holgaran a su placer por las cercanías y perezosa se tendió indolente sobre una roca que estaba junto al refugio de Pan.

El lúbrico semidios miró a la muchacha con delectación, pero el avezado perseguidor de ninfas y efebos, el obsceno gustador de todos los placeres, se sintió turbado ante el candor inocente de la belleza inmadura, ante la sexualidad insinuada en un cuerpo de niña, ante la hermosura en su grado más puro.

Por unos minutos, los cuerpos de ambos permanecieron estáticos, como de piedra. La niña recostada en la piedra, sus cabellos mecidos por Céfiro, sus ojos cerrados besados por la Aurora, soñando quizás con futuros amores. Pan, quieto, embelesado, no atreviéndose a romper el momento mágico creado por Afrodita, temiendo parpadear por no perder unos segundos de la maravillosa imagen.

El fauno, pensó llamar en su ayuda a Morfeo, rogarle que adormeciera a la pastora y gozar de sus encantos sumerjiéndose en su cuerpo joven y delicioso, pero... ¿ Qué sería de ese maravilloso cuerpo sin el candor de su mirada?, ¿Cómo gozar del amor de la muchacha si a la vez no provocaba el placer en el cuerpo amado?.

-¡Muchacha!. - Susurró Pan.

La niña, sobresaltada al oír una voz a su lado, se incorporó bruscamente.

-¿Quién eres? . ¿Que quieres?.

-Soy alguien al que has inflamado de amor apenas verte. Alguien que ya nunca podrá borrar tu imagen de sus ojos. Alguien que ya daría la vida, por sentir tus caricias.

- Muéstrate, no te veo. ¿Cómo podré‚ decidir si quiero estar contigo si no se quien eres?. Quizás eres bello como Cupido o eres un ser deforme como Efaistos. Muéstrate, ya que dices que me amas y te prometo que si eres hermoso tendrás mi amor. Ya algunos muchachos han pretendido mis favores, Pero yo, Ekoo, los he rechazado, sueño con Cupido, con Apolo, con Hermes. ¡Que hermosos serán sus abrazos!. ¡Que placer sucumbir al amor de tan hermosos dioses!.
Adoro las flores y el perfume de los bálsamos, la música bella que acaricia nuestros oídos. Adoro la mañana y aborrezco la noche.
Nunca podré‚ compartir mi amor con alguien que no sea hermoso.

Pan cayó. Se ocultó mas profundamente y quedó durante unos segundos mirando sus patas de cabra.

Al cabo de unos segundos, díjole a la niña.

-Mira esos montes lejanos. Pegaso galopa entre sus cumbres arrancando con sus cascos finas agujas de nieve a las cimas heladas. Mira esos bosques Ekoo, por ellos corretean bellas ninfas, pero también el lobo, la víbora y el escorpión. Un lobo que mata cruelmente al grácil ciervo o que muere valientemente peleando por salvar la vida de sus cachorros.
¿ Que es bello Ekoo?, ¿ La vitalidad de Pegaso tensando los músculos de sus alas o la loba exhalando el último suspiro defendiendo a sus hijos?.
Preguntas si soy bello Ekoo. Puede ser que mi rostro sea terso y suave como el de un niño, o ajado y arrugado como el de un viejo, pero... ¿Cómo serán mis caricias Ekoo?. Tiernas y embriagadoras como el agua deslizándose por tu piel o bruscas y apresuradas como los ademanes de un guerrero. Nada es bello o feo Ekoo, por que hoy es hoy y mañana será mañana, y el momento es propicio y el viento, trae aromas del mirto que emplea Afrodita para adornar sus cabellos.
Embriágate de aromas Ekoo, de luz, de sensaciones, de placeres, de amor...
Cierra tus ojos y siente, mis caricias. El olivo es feo, de retorcidas ramas y hojas pequeñas y coriaceas, pero alumbra nuestras noches, aliña con sus sangre nuestra comida y defiende con su fuego nuestras ciudades. La rosa es hermosa, pero su tallo está plagado de espinas y nada nos da si no es su belleza y olor embriagador. Pero necesitamos su olor Ekoo, su hermosura, su lozanía, y necesitamos la flecha que propaga la muerte y el tierno olor de los bálsamos y perfumes y el mar embravecido explotando de furor al ser agitado por Poseidón y el suave murmullo de las olas en una mar en calma.
El cielo es bello cuando Zeus enfadado con los mortales descarga sus iras en forma de rayos y es bello cuando Apolo aparece en el horizonte con su carro de fuego. Goza del monte plagado de flores por Demeter, y del volcán que arroja el fuego de la fragua de Efaistos.
Enamórate Ekoo de un joven hermoso e inexperto, o de un viejo arrugado y débil, pero tiéndete y goza en brazos de Pan que solo quiere tu cuerpo para pintar caricias hermosas, caricias lubricas, obscenas, tiernas, paternales...
Tu serás la hermosa rosa y yo el fuerte olivo y nos embriagaremos de amor y nuestros cuerpos se agitaran como el mar embravecido y reposaran como un océano tras la tormenta y sentiremos la furia del volcán y la calma del monte plagado de flores.
Cabalgaremos sobre Pegaso y nos hundiremos en los suaves brazos de Morfeo. Cierra tus ojos Ekoo y siente mis dedos por tus suaves pechos y mi boca por tus sienes. Déjame gustar tu boca con suavidad y tu sexo con locura, déjame embriagarme en la calma de tus hermosos ojos y excitarme con tus formas armoniosas. Acaricia mis ojos repletos de amor y mi sexo inflamado de deseo.
Tu proximidad hace que mi cuerpo arda y se cubra de un sudor helado. Me siento un niño con un juguete en sus manos y un viejo contemplando tu juventud. Moriré‚ en tus brazos si me das la vida.
Lloraré‚ de gozo y reiré‚ de tristeza.
Ekoo, Ekoo, Ekoo, tu nombre golpea mi cerebro despertando la mas pura de las sensaciones y excita mi sexualidad con los mas primitivos de los apetitos.
Ni Apolo es tan hermoso ni Efaistos tan horrible y una caricia de la mano encallecida de Efaistos es mas suave que una mirada cargada de orgullo de Afrodita.
Siente, Ekoo, simplemente siente...

-Tus palabras son bellas- contestó la niña- y algo entiendo de lo que me quieres decir, muéstrate, pues es imposible que no seas hermoso a mis ojos.

-Voy a mostrarme Ekoo y seré‚ lo que tu quieras ver, pues mi fealdad o mi hermosura estarán en tus ojos, dependiendo de lo que tu esperes. Si esperas ver a una Gorgona, seré‚ hermoso, si esperas ver a Zeus, seré horrible.

Apartó Pan los zarzales y apareció a los ojos de Ekoo.La muchacha quedó aterrada, ya no recordaba las palabras de Pan. Atrás había quedado el frescor de la mañana y los tenues soplos de Céfiro, solo las patas de cabra y el cuerpo contrahecho de Pan era todo lo que veía Ekoo. No era un poeta, era un enano, era un ser deforme al que su deformidad no dejaba lugar para admirar su alma...

Ekoo corrió, huyó de aquel lugar, de un ser así no podía esperarse ninguna acción noble. No recordaba que había estado a merced de Pan y este había querido conquistar su alma teniendo su cuerpo a su merced.

Encontró una gruta y queriendo estar a salvo del fauno se ocultó en ella y lloró y suplicó que Cupido fuera en su busca y la librara del horrible semihombre que, sin ella saberlo, ya hacía rato que ocultando una lágrima, había partido saltando hacia el bosque cercano.
Pero Cupido nunca acudió y Ekoo quedó en la cueva esperando ese amor ideal que ella creía que el bello dios alado le daría. Y poco a poco su cuerpo fue desapareciendo en la umbría de la cueva y solo quedó la voz de Ekoo que, no teniendo ya nada que decir, solo repite las últimas palabras de los mortales que pasan cerca de donde ella habita. Actualmente también repetimos las consignas de lo políticamente correcto sin pararnos a pensar a quién beneficia y que consecuencias tendrá para nuestro futuro.